CASTILLO E IGLESIA DE SAMITIER - DATOS PRACTICOS

Como llegar: El único acceso posible al enclave es a pie, tras 40 minutos de continúa pero fácil subida por una pista de tierra bien señalizada desde el pueblo de Samitier, donde podemos dejar el coche. Hasta aquí habremos llegado desde Huesca por la A-21 hasta Barbastro, y luego por la N-123 continuando siete kilómetros hasta alcanzar la A-138 que remonta el valle del río Cinca. Al poco de pasar el desvío de Liguerre de Cinca que lleva a la comarca de la Fueva, encontraremos a la derecha el de Samitier.

Horario: El castillo y la ermita de los Santos Emeterio y Celedonio se encuentran abiertos todos los días del año, sin guarda. Hay que prestar mucha atención a las condiciones climatológicas, especialmente en el último tramo, algo expuesto al vacío.

Tipo de enclave: Románico - Información adicional: http://www.romanicoaragones.com/fortificaciones/26-Samitier1.htm

Provincia: Huesca - Otros enclaves en la misma provincia: El Tozal de las Brujas

CASTILLO E IGLESIA DE SAMITIER - - El Reino de los Cielos

 

“Un águila que vuela en las alturas no necesita ser apreciada por las criaturas del suelo” Anónimo

La Reconquista está llena de episodios de victoria y de gloria, que se recuerdan largamente en las crónicas. Pero para llegar a esos momentos, hubo otros muchos de puro estoicismo y abnegación de unos pocos hombres que luchaban por salvar la tierra, la clave de la economía medieval. En las sierras del Prepirineo se libraron numerosas batallas en las que se decidió el futuro de los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, acosados por las ordas musulmanas del califato de Córdoba. Uno de los enclaves estratégicos para esta defensa fue el castillo de Samitier, ubicado en el estrecho de Entremon, al sur de Aínsa y literalmente encima del curso del río Cinca. Los valles de los principales ríos eran los ejes de vertebración y de comunicación de un territorio continuamente amenazado. Por ello se levantaban fortalezas como la de Loarre, Uncastillo o Grado para mantener el control y servir de continua vigilancia. En el año 1030 el rey Sancho el Mayor de Navarra decidió construir el castillo, en un momento de expansión del primitivo reino de Aragón, y encargó su custodia a una orden de monjes-guerreros que hicieron de este feudo su bastión y su monasterio.

Bajo su hijo Ramiro I se emprendió la construcción de la iglesia de los Santos Emeterio y Celedonio, y se agrandó la primitiva torre. La espectacular posición de Samitier atrae todos los años a unos pocos curiosos, que se preguntan como debió ser la vida en un rincón tan aislado y expuesto a los elementos como esta atalaya. Estamos sin duda ante un escenario que parece sacado de la imaginación de algún minnesinger, o de algún juglar. La espectacular posición de Samitier atrae todos los años a unos pocos curiosos, que se preguntan como debió ser la vida en un rincón tan aislado y expuesto a los elementos como esta atalaya. Estamos sin duda ante un escenario que parece sacado de la imaginación de algún minnesinger, o de algún juglar.   

No es casual tampoco que este lugar estuviese consagrado a Emeterio y Celedonio, dos legionarios romanos que se convirtieron al Cristianismo y por lo cual sufrieron martirio y muerte en la ciudad de Calahorra. Un siglo antes de la aparición de los templarios, los monjes de Samitier habían encarnado los mismos valores por los que serían conocidos, colgándose el hábito y alzando la espada contra el invasor. El camino que nos conduce desde el pueblo aventura poco las bellezas que veremos después; zigzaguea entre algunas granjas, y poco a poco remonta en altura hasta llegar a la ermita de Nuestra Señora de Waldesca, gótica del siglo XVI. Desde aquí ya vemos la ermita y el castillo de Samitier, en lo alto de un puntón estrecho, e inaccesible por todas partes excepto por el camino que traíamos. Según nos vamos acercando el paisaje acrecienta su grandiosidad: las vistas alcanzan en primer término los embalses de Mediano (al norte) y de El Grado (al sur), en el Cinca, el santuario de Torreciudad, el macizo del Cotiella al este, y al norte las nevadas cumbres del Pirineo Axial, con el Monte Perdido como cima más destacada. Probablemente la panorámica más espectacular y aérea que hemos podido contemplar desde Rutas y Leyendas.


  La ermita de estilo románico lombardo, construida hacía el año 1040 y de porte claramente defensivo. Solamente hay que ver donde estaba situada la primitiva puerta, a tres metros bajo el suelo, para darse cuenta de que las visitas no eran habituales por aquí. Sin embargo, el templo es sorprendentemente grande dado el escaso y difícil terreno en el que se levanta, ocupando todo el espacio disponible. De hecho para poder llegar al castillo nos vemos obligado a atravesar por el interior la iglesia, saliendo por una puerta del lado norte. Los arquillos ciegos en la cornisa y en los ábsides son los únicos ornamentos al exterior; en el interior accedemos directamente a la altura de la cripta practicada en la nave sur, donde los estrechos vanos arrojan una luz tamizada y filtrada, tan habitual en el Románico. Especialmente bella es la cabecera de la nave central, donde un sencillo altar es iluminado por su correspondiente ventana con el sol de la mañana. A los pies de esta nave, se conserva una “cámara oculta”, practicada en altura en el propio muro que debía servir probablemente de aprovisionamiento último en caso de necesidad. El suelo de la iglesia es la propia roca madre; la integración de la ermita con su entorno es total, parece realmente una extensión del propio paisaje.


  El castillo es una sencilla torre de planta hexagonal y ha sido restaurado recientemente. Esta construido en mampostería, quizá por lo cual no se han conservado sus almenas. En su interior podemos encontrar un aljibe para almacenar el agua. En la primera planta se encuentra la puerta y en la segunda una ventana de estilo mozárabe. Con mucho cuidado, podremos admirar desde este punto el paisaje que debieron vigilar los monjes aragoneses durante casi un siglo, hasta que en 118 la toma de Zaragoza por Alfonso I “El Batallador” hiciese innecesaria esta atalaya donde sólo las águilas nos acompañan.  

 

Alfredo Orte Sánchez ©