SANTA MARIA LA REAL DE SACRAMENIA- DATOS PRACTICOS

Como llegar: Sacramenia es una población del norte de la provincia de Segovia, cercana ya al límite con la de Burgos y con la Valladolid. Se llega hasta ella por la N-I hasta la localidad de Pardilla, donde nos desvíamos por la BU-202 hasta Moradillo de Roa. Aquí tomamos la CL-603 hacia el sur, en dirección a Cantalejo. A la derecha surgirá el desvío señalizado a Sacramenia por la SG-V-2473. Justo antes de llegar al pueblo, a mano derecha encontraremos la pequeña carretera local que nos lleva al coto de San Bernardo, donde se encuentra el monasterio de Santa María la Real. Desde Madrid nos separan unos 173 kms.

Horario: El templo de Santa María la Real de Sacramenia es de propiedad privada y tiene un acceso muy restringido. Habitualmente sólo puede visitarse los miércoles de 12 a 14 horas. No obstante, en ocasiones especiales como Semana Santa o algunos fines de semana, permiten también su visita; en estos casos es imprescindible confirmar nuestra reserva llamando a la gestora de la finca en el teléfono 921527057 (Sonsoles)

Tipo de enclave: Románico - Información adicional: http://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_de_Santa_Mar%C3%ADa_la_Real_%28Sacramenia%29

Provincia: Segovia - Otros enclaves en la misma provincia: Domingo García - Iglesia de la Vera Cruz

SANTA MARIA LA REAL DE SACRAMENIA - - La Apacible Soledad del Cister

 

“Así las riquezas atraen riquezas y el dinero produce más dinero. Visten a la iglesia con piedras de oro y deja a sus hijos ir desnudos.” San Bernardo de Claraval

Resulta muy complicado definir con palabras las sensaciones que experimenta el viajero en la soledad de un monasterio del Cister. Sin llegar a constituir un gran movimiento artístico, lo cierto es que el estilo que promovió y difundió San Bernardo de Clairvaux tiene una personalidad propia e inconfundible que lo diferencia tanto del Románico como del Gótico. Paz, armonía, espiritualidad, misticismo, iluminación…..los calificativos que sirvieron para justificar este impulso de renovación de la vida monástica son hoy tan válidos como en el siglo XII. Quizá lo más asombroso es que este retorno a la pureza se logró a través de una extrema sencillez, y al mismo tiempo, de una gran complejidad. Convertir un templo en un espacio de recogimiento y oración perfecto requiere de grandes conocimientos arquitectónicos y matemáticos, pero sobre todo, de un gran dominio del comportamiento de la luz y del espacio sobre el espíritu del hombre. En nuestro país tenemos grandes monasterios cistercienses, pero buscando más que nunca la soledad de los cenobios medievales, les propongo una visita a uno de los menos conocidos y más sorprendentes.

Santa María la Real de Sacramenia es uno de sus templos que todavía hoy sigue en manos privadas. Su visita es algo complicada, pues aunque cuenta con buenos accesos, carece de horarios turísticos y en muchas ocasiones es preciso solicitar un permiso previo. Sin embargo su estado de conservación es excepcional y sorprendente, sobre todo por su complicada historia. En 1835 la abadía quedó abandonada tras el decreto de desamortización del ministro Mendizábal; como en otros muchos casos, se puso fin a una vida monacal de varios siglos, que había comenzado en 1141 con su fundación real a cargo de Alfonso VII. Paso entonces a manos privadas, y en el año 1925,  el magnate William Randolph Hearst compró el claustro, el refectorio y la sala capitular, y las desmanteló llevándose todo el conjunto a Miami, Florida Allí se reconstruyó piedra por piedra, y todavía hoy se puede disfrutar de un monasterio segoviano en norteamericana que se utiliza para celebraciones, bodas y banquetes. A la vista de lo conservado, lo cierto es que Castilla perdió uno de sus mejores monasterios con aquella venta, pero el pasado es inalterable y no queda más que lamentarnos de ello.

En la actualidad se puede visitar, con el permiso correspondiente, la iglesia del monasterio. Se trata de un edificio muy puro, prácticamente íntegro construido en el siglo XII en estilo cisterciense. Junto con el zamorano de Moreruela (este en mucho peor estado), Sacramenia fue la puerta de entrada de los monjes blancos de Clairvaux (o Claraval en castellano). El paraje que eligieron para esta fundación está en perfecta consonancia con el objeto de la orden: el regreso a un cristianismo más sincero y primitivo a través del abandono del mundo. El Coto de San Bernardo es un pequeño vallejo, salpicado de olmedas, praderas y pequeños arroyos, a unos 4 kilómetros de Sacramenia; todavía hoy resulta un paraje de gran belleza y tranquilidad, una especie de oasis en los amplios y duros paisajes de la meseta. La entrada a la iglesia se efectúa por su fachada oeste, en la que llama la atención un impresionante rosetón de doce radios que proporciona una enorme luz al interior.. La portada es muy abocinada, pero sin decoración figurativa ni relieves (ni siquiera vegetales), aunque muy armoniosa. En el interior del templo se repite la austeridad del exterior, que nos recuerda la frase de San Bernardo en su Apología, donde cargaba las tintas contra los monasterios benedictinos: “Pero en los capiteles de los claustros, donde los hermanos hacen su lectura, ¿qué razón de ser tienen tantos monstruos ridículos, tanta belleza deforme y tanta deformidad artística? Esos monos inmundos, esos fieros leones, esos horribles centauros, esas representaciones y carátulas con cuerpos de animal y caras de hombres, esos tigres con pintas, esos soldados combatiendo, esos cazadores con bocinas...”
. Tres largas naves se extienden a nuestros pies; desde la puerta de entrada podemos contemplar casi toda la cabecera, compuesta por cinco ábsides. Pero si por algo destaca Santa María la Real es por su espacio diáfano y luminoso. Únicamente el coro superior, del siglo XVIII, interrumpe un tanto la sucesión de arcos y bóvedas de crucería. El viajero no puede evitar caminar despacio bajo sus bóvedas, que le invitan a recorrer el espacio sagrado y a descubrir sus múltiples perspectivas. La luz tamizada y blanca que penetra por sus altas ventanas provoca un sugerente contraste de sombras, penumbras y zonas iluminadas. Por unos silenciosos minutos nos sentimos como si el mismísimo abad de Clairvaux estuviese contemplando la belleza de una de sus fundaciones, poco tiempo después de consagrarse. Lástima que el resto de dependencias (salvo la cilla, de muy complicada visita), se encuentren a tantos miles de kilómetros…

Alfredo Orte Sánchez ©