CRUZ DO FERRO - DATOS PRACTICOS

Como llegar :Desde Astorga, hemos de tomar la LE-142 en dirección a Santa Colomba de Somoza. A unos 25 kilómetros de la capital maragata alcanzamos Foncebadón y más arriba llegamos a la Cruz de Ferro, en lo alto del puerto.

Horario: La cruz es visitable todo el año, no tiene horarios, y es de acceso libre.

Tipo de enclave: Enclave mágico - Información adicional: http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.cfm?id=88

Provincia: León - Otros enclaves en la misma provincia: -

CRUZ DO FERRO - - El Eje del Mundo

 

"A Mercurio, en los caminos y a modo de sacrificio, se le amontonaban piedras, que eran refugio de los manes" Constantino Cabal

La cruz de Ferro se encuentra en lo alto de los montes Aquilanos al paso del Camino de Santiago, divisoria de aguas del Sil y del Órbigo, a un lado la Maragatería y al otro El Bierzo. Es uno de los enclaves de poder más sugerentes y auténticos de la ruta jacobea, y eso a pesar de su desnuda sencillez. En el puerto de Foncebadón, se acumulan varias toneladas de pequeñas piedras y guijarros destacando por encima de ella un madero de unos 5 metros de altura, y una pequeña cruz de hierro en su extremo. Incluso si no se conoce nada acerca del sentido, la tradición y los orígenes de esta cruz, el peregrino siente inevitable que este lugar tiene un “aire” especial, que le lleva a detenerse un momento. De todos modos, son pocos los que no conocen que desde hace cientos de años, millones de hombres han arrojado una piedra a esta cruz que habían traído de su lugar de origen. Esta costumbre cristiana se basa en la idea de desprenderse de todo lo maligno, lo impuro que hay en nosotros, léase el pecado. Pero las raíces de este lugar y de la tradición que ha generado es mucho, mucho más antigua, y tiene sus orígenes en el miedo ancestral al más allá y a los espíritus de los muertos.
 

 

Estos pagos eran conocidos como los Montes de Mercurio, precisamente porque ya se practicaba la costumbre de realizar amontonamientos de piedras, principalmente en las encrucijadas. En época romana, los cruces de caminos se consideraban moradas de los espíritus de los difuntos, donde habitaban los dioses manes. Se tenía la creencia de que estos dioses reclamaban de forma continua almas para apaciguar su ánimo, por lo que el viajero que atravesaba estos lugares estratégicos corría serio peligro de contraer una enfermedad mortal o sufrir un accidente que diese con su muerte. Para evitarlo, se podía sacrificar un animal o entregar una piedra, pues ambas cosas estaban provistas de almas con el mismo valor y significación.  El peregrino aportaba su piedra al montón, con objeto de garantizarse cierta protección en la travesía, a modo de ofrenda a los dioses.

Según diversos autores, esta tradición tiene un origen prerromano, posiblemente celta. En la antigua Grecia se creía que los cruces de caminos estaban reservados a la diosa Hécate, divinidad de las zonas ignotas e inexploradas. Ya entonces se consideraba necesario realizar sacrificios para ganarse cierta protección en el viaje, y aparece asociada con frecuencia a la vigilancia de los cementerios (las almas de los muertos); en la mitología clásica, aparece frecuentemente asociada a Hermes (Mercurio), por su papel como dios de la frontera, una frontera más simbólica que física, relacionada con el mundo de lo intangible y del más allá. Pero además, la Cruz de Ferro se encuentra en la cima de una montaña, con toda la significación que ello nos aporta. Por un lado estamos ante un Axis mundi, un eje cósmico que representa el centro simbólico del mundo; de otra parte, se relaciona con el símbolo de la ascensión, la verticalidad, y las manifestaciones de la trascendencia. Estamos sin duda ante un lugar sagrado como pocos, y que nos recuerda un hecho prodigioso: la sacralidad no tiene nada que ver con la fastuosidad u artificialidad de un monumento, sino con el respeto al enclave de poder donde ha sido levantado. Esta cruz tan sencilla y enigmática, nos sigue pareciendo uno de los más impresionantes enclaves de leyenda que podemos encontrarnos en las viejas tierras de Hispania.

Alfredo Orte Sánchez ©